Dios ha muerto

Poco después de la muerte de Hitchens, el mundo se estremece ante la muerte de dios. Un dios sádico y embriagado de poder. Un dios que tuvo a sus creyentes ahogados en la pobreza extrema y en la dolorosa militarización total del estado.

Este dios y su padre son considerados milagrosos y perfectos, pero el mundo de este dios es pequeño, se encuentra en la zona norte de una península divida por la estupidez religiosa disfrazada de secularidad. Muere dios y llora Corea del Norte. El mundo queda en guardia y espera, con esperanza,  que la muerte del Stalin asiático devuelva la racionalidad al pueblo Norcoreano.


HItch is dead...

Ayer, casi a la media noche, mientres adormilado veía Final de Partida, escucho un murmureo entre sueños. Los conductores leían los comentarios del público y uno de ellos decía: "oajala hagan un programa de Christopher Hitchens ahora que ya no está con nosotros". Cuando las palabras formaron una idea coherente en mi conciencia, me levanté brúscamente a buscar la información de la lamentable verdad. Hitchens murió, a sus 62 años, por una enfermedad derivada de su profundo cáncer de esófago. Si hay algún antónimo que encierre lo contrario del significado de ironía, me gustaría conocerlo, porque Christopher murió despues de 40 años de tomar y fumar diario en abundancia. Básicamente fue un suicidio lento y conciente... pero divertido, hasta que se enfermó claro.

Su pérdida me entristece. Un hombre de retórica perfecta que abogó, siempre vehemente, por la causa atea: la causa de la razón y la verdad. Jamás perdió un debate y no solo eso, humillaba a sus contrincantes al grado de hacerlos parecer niños regañados ante alguna travesura absurda. Un hombre letrado, crítico y observador con un intelecto superior, que siempre mencionó no solo ser ateo, sino argumentar que un Universo con dios sería una puta mierda. Lamento su pérdida sobretodo porque pensaba que después de anunciado su cáncer, viviría al menos cuatro o cinco años. Solo vivió uno y meses.


Lo extrañaré, como hombre de medios sin miedo, como el más grande representante ateo y como hombre de palabras y difusión.


"Dueños de perros habrán notado que, si los provees de comida y agua, techo y afecto, pensarán que eres dios. Mientras que dueños de gatos son obligados a creer que si los provees de comida y agua, techo y afecto, concluirán que ellos son dios."
― Christopher Hitchens, The Portable Atheist: Essential Readings for the Non-believer

Confesiones

Escucho Last Flowers to the Hospital. Acabo de ver Confesiones. Una película japonesa con una historia de dolor, venganza y muerte contada con tal astucia que me fue imposible precindir de la empatía y relacionarme con los personajes que, a través de diestros y bien estructurados monólogos, cuentan sarcástica y a la vez sínicamente los sucesos de la trama. Hace tiempo que no veía una película tan buena, tal vez desde I Saw the Devil a principios de este año.

Me la he pasado entre el exceso de trabajo, la apatía y la buena vida que otorga un poco más de salario al mes. Por lo que he dejado atrás distintas pasiones que formaban parte de mi amada monotonía. Incluyendo la música, el cine, el anime y la lectura... eso me recuerda un sueño que tuve hace poco:

Soñé con una puta asiática. Muy, muy delgada, del tipo de mujer que no me atrae en la vida real (o eso pensaba). Todo empezó cuando salía con unos compañeros del trabajo (borrachos, mujeriegos, ignaros, sínicamente iletrados), tomamos unas cervezas y me convencen de salir a buscar mujeres a algún burlesque (eufemismo de putero de mala muerte). Emocionado y mareado me dispongo a no acobardarme y llegar hasta las últimas concecuencias. Llegamos en bote, remando, a un putero, donde por alguna razón no me permiten pasar; únicamente a mí. Salgo molesto y me pregunto ¿acaso no puedo fornicar a cualquier otra mujer que se me antoje por dinero? Decidido, regreso al bote y encuentro otra "casa de citas", al entrar me dicen que pase a un cuarto, prepare el dinero y espere a que me atiendan. En el cuarto, empiezo a sentir una profunda melancolía sin razón. Entra ella, pequeña, flaca, fea.

- "Buenas noches", le digo.
- "Si ya apúrate", decía mientras se desnudaba por completo.
- "Es que yo quiero hablar un momento antes de empezar"
- "¿Y tardarás mucho? No tengo tiempo"
- "Mejor no hacemos otra cosa más que hablar, vamos a aprovechar el tiempo"
- "Mira, empiezas ya o me voy"

Salto hacia ella y me pongo de rodillas, abrazánola, humillándome, lamentándome.

- "Por favor, solo quiero hablar, dame cinco minutos al menos"
- "¿Eres de esos verdad?, ya suéltame, me das asco"

Desperté calmado, solo abrí los ojos y me quedé mirando al techo. Era una de esas raras veces en que recordaba mi sueños, o por lo menos uno de ellos. De regreso al mundo real, todo normal.