La Muerte
Este blog comenzó como una vía para expresar ideas y fue evolucionando hasta convertirse en un contenedor de pensamiento lógico que logró asentar mis creencias mas profundas. Pero, en un sentido más subjetivo, se convirtió en mi "lugar seguro": un lugar de relajación en una sociedad excesivamente crédula que no solo no quiere escuchar, tampoco quiere ser cuestionada ni educada. Y así, años más tarde me doy cuenta que la razón primordial de la creencia en lo divino, lo sobrenatural, es el miedo a no continuar viviendo, el miedo a la muerte. El miedo a perder a alguien y saber que nunca lo volverás a ver. La realidad puede ser asombrosa o terrible, pero no deja de ser la realidad. No se puede dejar de creer en la realidad, es imposible, es lo que es; sin importar si juega a tu favor o en tu contra.
El 28 de diciembre (Día de los Inocentes) asesinaron después de un secuestro que no duró más de dos horas a mi primo. Su madre y padre, destrozados. Mi abuelo, destrozado. Mi madre y otra tía, destrozadas. Pero mi abuela, tranquila. Fanática religiosa desde hace años, cree tan profundamente la sarta de idioteces de la Iglesia, que desde un principio consideró a mi primo en el paraiso. Todos en mi familia materna son creyentes. Y yo, no podía dejar de llorar cada que veía a mis tíos hablarle a un sarcófago con un cuerpo inerte, cada que veía su cara de desesperanza cuando llegaban uno a uno a "despedirse" amigos, familiares y compañeros; y cada que su padre le pedía que dejara de bromear y se levantara. Ayer, pasé el día 31 con ellos, mi tía, tranquila, trata de comenzar una nueva realidad con su marido y su otro hijo. Pensando que mi primo está con dios y que ella lo volverá a ver algún día. Y yo, cada que lo mencionaba me tragaba las lágrimas y trataba de hacer un gesto afirmativo. Porque es clara la mentira y sórdido saber que el fin de la vida es el fin de la vida. Pero para que ella continue viviendo, tiene que creerlo. O eso pienso. Su esposo, sumido en una profunda depresión y una gripa que casi le llega a bronquitis. Sin comer, solo duerme y trata de no pensar. Probablemente al final, él llegue a la misma conclusión que su esposa. Su hermano, fuerte, apunto de convertirse al cristinismo; lo sabe, no vacila al hablar de ello.
Nunca había experimentado la muerte de manera tan cercana y cualquier cosa que hubiere podido imaginar acerca de ella, cambió radicalmente cuando antinaturalmente, mis abuelos sobrevivieron a mi primo. Algunas veces fantaseaba con las palabras que diría de ellos en su velorio. Conmoviendo profundamente a los asistentes pero dejando en claro que su muerte eran solo los créditos finales de una excelente película de aventuras que podríamos volver a ver cuando quisiéramos con solo recordarlos. Las palabras de ese speech final fluyen sin cesar en mi mente y me regocijo en su sentimiento de nostalgia; agradeciendo los aplausos modestamente.
Pero mis abuelos no murieron. Murió mi primo de 24 años. Asesinado. Sin necesidad. Sin razón. Y mi mente: vacía. Nada que decir, nada que pensar. Únicamente muerte. Y la oquedad que deja... sin catarsis, sin conclusión.




